Mucho antes de la llegada de los europeos, los guaraníes habían desarrollado una cultura estrechamente vinculada con la naturaleza, la vida comunitaria y una particular concepción de lo espiritual. El encuentro con los misioneros abriría una nueva etapa en esa historia.
Vivían de la caza, la pesca y el cultivo de la tierra. Conocían las plantas, los árboles, los ríos y los ciclos de la naturaleza, habían desarrollado una forma de vida que les permitía trasladarse cuando el suelo comenzaba a perder su fertilidad. La selva, los campos y los ríos no eran solamente el lugar donde vivían: formaban parte de su propia existencia.
También tenían una sociedad organizada. Los pueblos estaban bajo la conducción de los mburuvicha, jefes elegidos entre los hombres más valientes, elocuentes y generosos. Compartían sus bienes y se regían por normas que ponían en valor la solidaridad y la vida comunitaria.
Eran poseedores de algo que los misioneros descubrirían con particular admiración: una lengua extraordinariamente rica. El Padre Antonio Ruiz de Montoya llegó a compararla con el griego y el latín. Fue en ese mundo, hasta entonces desconocido para los europeos, donde se produjo uno de los encuentros culturales más importantes de nuestra historia.
Los primeros misioneros llegaron con una lengua, unas imágenes y una música que los guaraníes nunca habían escuchado. Las flautas tuvieron un papel particular en ese encuentro. Aquellas melodías, acompañadas por las imágenes de los santos y de la Virgen María, despertaron una nueva forma de acercarse a lo espiritual.
La idea de una vida después de la muerte también encontró un punto de contacto con una antigua creencia: la búsqueda de la “Tierra sin mal”, la yvy marãne’ỹ.
A partir de entonces comenzó a construirse algo que no existía antes: una experiencia en la que la cultura guaraní y la tradición jesuítica se encontraron, se enfrentaron, se transformaron y dejaron una huella que todavía podemos reconocer.
Pero para comprender verdaderamente ese proceso hay que mirar más allá de las fechas y de los nombres.
Hay que acercarse a las personas que protagonizaron aquel encuentro. A sus creencias, sus costumbres, sus conocimientos y también a las imágenes que dejaron como testimonio de ese momento.
La obra Génesis de la Tierra Virgen del autor Manuel de Jesús Viedma es parte de ese recorrido.
Una historia que comenzó mucho antes de que existiera el mundo que hoy conocemos y que todavía tiene preguntas para nosotros.
Lo invitamos a descubrir esta obra en MUVA – Museo Viedma.


