Por P. Wilber Mendoza Figueredo, cmsj
La novedad del mensaje cristiano, anunciado y encarnado en los nuevos pueblos estaba fundamentalmente centrada en la obra de la redención divina, de la salvación del género humano por medio del misterio revelado y cumplido en Jesucristo. Quienes abrazaban esta fe pasaban por la progresiva vivencia celebrativo-ritual y comunitaria de conversión al modo de la nueva humanidad revelada en Cristo. Es decir, a ser “re-creados” como nuevos hombres y mujeres, como nuevos pueblos, nuevas culturas, con nuevas miradas sobre la vida, la muerte, el ser, el otro, la comunidad, el futuro, la fe, las creencias y esperanzas, así también del fin de los tiempos.
A juzgar por los hechos y testimonios del pasado guaraní – jesuítico la idea de la presencia del “Verbum semine” (semilla del Verbo) predicada en los inicios del cristianismo se encontraba ya particularmente en la mística guaraní precolombina. Este dato inesperado de la tradición guaraní lo recoge el p. Montoya en sus crónicas, testificando la presencia de este pre-anuncio evangélico dado muchos siglos atrás por el mítico “Pa’i Zume”. Concepciones sobre sobre el bien y el mal, pecado y virtud, la creación, la añorada tierra sin mal, la imagen de la cruz como aquel signo sobre el cual se sostiene el mundo estaban ya presentes entre los guaraníes, para quienes, encontrarse con el anuncio cristiano resultaba cercanamente familiar.
Por este motivo, en los nuevos pueblos cristiano-guaraníes si había una celebración central era sin duda la Semana Santa y particularmente el Triduo Pascual, centro de la fe cristiana, era el nuevo “Arete Guasu” (gran y solemne día o tiempo) por excelencia. Estos “aretes” eran una expresión esencial de la vida colectiva: representaba el sacramento del amor mutuo, la reciprocidad y la armonía comunitaria que ahora era resignificada y llevada a una mayor plenitud por el Evangelio acogido como verdad, camino y vida.
El mundo guaraní ya era una cultura profundamente religiosa y simbólica, espiritual y comunitaria que concebía el mundo como un espacio habitado por seres superiores —Ñande Ru, “Nuestro Padre”, y Ñande Sy, “Nuestra Madre”— creadores de la humanidad y fundadores de la primera familia sagrada con sus leyendas rituales y atributos divinos que hoy nos relata el Ayvu Rapyta. En esta comprensión, la fiesta no era un mero entretenimiento, sino un acto de comunión con lo sagrado, con implicancias existenciales, espirituales, sociales y cósmicas.

Corpus Christi – Manuel Viedma – MUVA
¿Cómo se celebraba?
Un elemento providencial será el barroco donde ambas místicas pueden dialogar desde lo estético a lo espiritual. En ese contexto tanto los misioneros como los guaraníes apreciaban tanto la belleza formal ya sea en el culto divino, los adornos y ropajes coloridos. La rica liturgia barroca era un canto de alabanza a Dios a través de la exaltación de los sentidos de la vista, oído, olfato… Los ornamentos de los sacerdotes y monaguillos resaltados por las luces de las velas, el incienso, las variadas músicas utilizadas en cada ocasión, el dorado de cálices y patenas, los cuadros e imágenes de la Virgen y los santos, las imágenes de los pasos del “Vía Crucis” que convertían las modestas iglesias de madera y barro del siglo XVII en verdaderos paraísos terrenales para los extasiados guaraníes. Los misioneros encontraron en el lenguaje litúrgico, el lenguaje ideal para llegar al corazón de un pueblo que se adornaba con las plumas de los pájaros y amaba las bellas palabras. El P. José Sánchez Labrador nos narra cómo se celebraban en los 33 pueblos jesuíticos poco antes de la expulsión:
“Las procesiones de los días santos tienen un no sé qué de ternura, que recogieran a los más distraídos. Colocan los pasos entre el púlpito y las barandillas, todos de bulto, hermosos. En el patio de la casa del misionero se forman en procesión los muchachos con todos los pasos de la Pasión, en lienzos de poco más de media vara en cuadro; y con faroles los que tienen los pasos, y los dos que van al lado con luces, que están con sotanilla y roquetes (…) Primero entra un paso de los pintados en lienzo, hincándose de rodillas en medio de la iglesia, y los músicos cantan en su lengua una coplita en tonada muy tierna, que explica el paso. (…) Al fin salen los pasos de bulto y la procesión hace sus pausas en la plaza, cantando en cada una la música algo; y el Preste, después de incensar las imágenes, canta también la oración Respice quaesumus. Alguna india anciana y más tierna de afectos, no pudiendo reprimirse, se hace el que ellos llaman guahú (levanta el grito) y, entre llorando y hablando, va hecha una predicadora de los tormentos de Jesucristo y dolores de María santísima (…) el Sábado Santo en los oficios: bendición de pila, bautismos y misa de Gloria, en que se gasta casi toda la mañana. El Domingo de Pascua, al alba hay otra procesión muy devota, y se hacen algunas danzas en la plaza, en presencia de la imagen de Cristo resucitado y de María santísima. Llaman a esta procesión ‘del encuentro’, porque la procesión se divide y va a juntarse cerca de un altar, que está prevenido (todo esto, en representación de la aparición de Cristo a su santísima Madre)” [folio. 365-427]

